Amaterasu es una importante diosa de la
religión Shinto. Aunque es considerada principalmente una diosa del sol,
también se cree que era la reina del Takama No Hara (la Alta Llanura del Cielo), que es el Reino de los kami o espíritus. Esta diosa también ha sido identificada como el antepasado clave de todos los emperadores del Japón.
La
monarquía japonesa es considerada la monarquía hereditaria más antigua
del mundo que ha reinado ininterrumpidamente, con sus raíces que
extendiéndose en el tiempo hasta el siglo VII a. C. Como muchas otras
antiguas monarquías, los emperadores de Japón hacían remontar su
ascendencia a una fuente divina, aunque podría decirse que existen
ciertas diferencias entre la divinidad del emperador japonés y las de
otros reyes que también proclamaban su divinidad.
Según
la religión sintoísta, Amaterasu era la hija de Izanagi y Izanami, dos
deidades primordiales consideradas responsables de la creación de las
islas de Japón. Amaterasu nació cuando su padre, Izanagi, escapó del
inframundo tras su fallido intento de rescatar a su difunta esposa. En
el río Woto, Izanagi realizó un ritual de purificación para limpiarse.
Mientras el dios estaba lavando su ojo izquierdo, nació Amaterasu.
Existen varios mitos acerca de Amaterasu, el más famoso de los cuales es
sin duda uno en el que la propia diosa se había recluido en una cueva
tras un conflicto con su hermano menor Susanoo, dios del mar y las
tormentas. Este último estaba provocando el caos en la tierra
destruyendo arrozales, arrancando árboles e incluso demoliendo edificios
sagrados. La paciencia de Amaterasu colmó su límite cuando su hermano
abrió un agujero rompiendo el techo de la sala en la que la diosa estaba
sentada, viendo cómo los demás dioses tejían los ropajes celestiales, y
arrojó a su interior el cuerpo de un enorme caballo desollado. Muchos
de los que estaban tejiendo sufrieron heridas, y algunos de ellos
incluso murieron.
Como resultado de este acto, Amaterasu decidió refugiarse a una cueva situada en el centro de la tierra y conocida como Ama-no-Iwato
(“La Cueva de la Roca”). La diosa se negaba a salir, sumiendo así al
mundo en una total oscuridad. Las demás deidades (800 en total)
suplicaron a la diosa del sol que saliera de la cueva, sin resultado
alguno. Finalmente lo consiguieron mediante un engaño, al hacer creer a
la diosa que habían encontrado a alguien (o algo) que podría tomar su
puesto para traer la luz al mundo. Como Amaterasu abrió la puerta de la
cueva un poco para ver qué estaba pasando, la agarraron, la sacaron
fuera y le impidieron volver a entrar en la cueva.
Amaterasu tuvo un nieto con el nombre de Ninigi-no-Mikoto, quien se
convertiría en rey del mundo terrenal como su padre, Ama-no-Oshiho-mimi,
pero que se negaba a asumir ese papel cuando le fue ofrecido por su
madre. Amaterasu dio a su nieto tres objetos mágicos para ayudarle en su
tarea. Estos regalos fueron Yasakani, una joya o perlas, Yata, un
espejo y Kusanagi, una espada; estos elementos acabarían siendo
conocidos como patrimonio imperial de los emperadores de Japón.
Fue el bisnieto de Ninigi, Jimmu, quien se convertiría en el primer
emperador de Japón en el año 660 a. C. En otras palabras, los
emperadores de Japón harían remontar su ascendencia hasta la mismísima
diosa Amaterasu. A lo largo de la historia de Japón, los emperadores han
sido considerados divinos. Sin embargo, esto no significaba que el
emperador fuera un ser sobrenatural. En cambio, significaba que él era
responsable de llevar a cabo ciertos ritos para garantizar que el kami
protegería a Japón y conservaría su prosperidad. Por otra parte, el
emperador ha tenido poco poder político durante la mayor parte de la
historia japonesa, hasta la Restauración Meiji.
Tras la derrota de Japón por los aliados durante la Segunda Guerra
Mundial, el emperador Hirohito se vio obligado a renunciar a su
divinidad. Según los revisionistas, sin embargo, la condición divina del
emperador no habría cambiado después de la guerra –se trataba
únicamente de propaganda difundida por los vencedores en su intento de
romper el vínculo entre el emperador y el pueblo japonés. En cualquier
caso, entre los pocos japoneses que aún hoy veneran al emperador, los
hay incluso que llegan a opinar que el emperador ya no ejerce ninguna
función en el mundo moderno.






